Sobre el arte de educar

Entrar a un salón y decir buenos días y que todos los estudiantes del salón se paren y respondan al unísono buenos días es de las cosas más gratificantes de la educación. Pero al preguntarles por qué lo hacen y que la respuesta sea “por respeto a los adultos”, me hace sentir que es deber de nuestra educación enseñar mucho más allá. Debe ir a lo profundo, tocar las fibras más delgaditas de cada alumno para que éste descubra por sí solo toda su grandeza y no se limite a entrar en un sistema y como borrego sólo seguir instrucciones.

Después de esta respuesta mi reacción fue mirarlos, abrir los ojos y preguntarles, “¿y si se quedan sentados igual no pueden respetarme?”. Pausó un gran silencio. Luego varios comentaron que “así les decían que debían saludar”.


Fue una linda clase éste día, llena de preguntas hacia ellos con las que sólo buscaba entenderlos más. Probablemente no seguí el programa, no llamé lista, ni me fijé en la temática del día. Justo ahí parada al frente de más 40 estudiantes me dí cuenta del regalo que tenía delante mío. Almas puras, almas deseosas de ser observadas, corazones puros con ganas de que alguien los mire a los ojos, los llame por su nombre y no por su apellido o un número de lista.


Y sí, educar es un arte. Un arte que día a día descubro. Un arte que descubro cada vez que me invento un juego nuevo o me ingenio una dinámica distinta para que mis estudiantes se interesen por estar. Un arte que está todos los días en boca de miles de académicos. Porque educar no se limita llanamente en transferir conocimientos de un cerebro a otro, es más profundo y poderoso que lo meramente académico. Educar viene de educare, conjugación de ex (fuera) y ducere (guiar), es decir, tiene que ver con guiar fuera, sacar de dentro. Como una especie de máquina extractora, el docente es aquel que saca del estudiante todo su potencial, quien le facilita vislumbrarlo, haciendo de él mismo el protagonista del descubrimiento. Es éste el responsable directo de que esto suceda.


Mi pasión por la educación viene del hecho de que en este arte descubro nuestra mayor intimidad. Es caminar de la mano con un amante de la vida, con un potenciador de talentos. Es un proceso de creación como la orfebrería, de amasar, de cuidado, de paciencia, de entender y acompañar el ritmo. Es eso, proceso. Es moldear y dar formar a una arcilla que tiene todo para ser el jarrón más bello. Pero no todas las arcillas nacen para ser jarrones, unas serán pocillos, otras candelabros y otras a lo mejor decoración, pero cada una en su estilo y en su unicidad es perfecta.


Esta metáfora se hace poderosa cuando entendemos que, como argumenta Victor Frank desde la logoterapia, cuando nuestra vida tiene sentido entendemos a qué vinimos. Cuando ese pedazo de arcilla empieza a ser moldeado para ser pocillo, ahí cobra vida la magia, y allí deja de ser barro y agua y se transforma en una escultura con vida propia, que podrá también más adelante fundirse y ser parte de algo más grande. Cuando descubrimos ese sentido de vida, eso que nos hace poner de pie por las mañanas, allí es cuando la educación ha hecho una buena labor, ya que le da motivo a la vida para ser vivida, motivo para que todo nuestro potencial interior pueda ser exteriorizado y compartido, nos da un por qué y un para qué esto de venir a la Tierra.


El poder mezclar arte y pedagogía ha sido para mí el regalo más valioso, y en Hermanos Brothers es nuestra pasión hacerlo, entendiendo que el arte es usar nuestro cuerpo, mente, y espíritu creativa y recursivamente para ver de colores lo que antes no lo era, para darle forma a lo informe y música al silencio. El arte nos abre a sentir, y sentir recuerda el cuerpo que habitamos y nos mueve a vivirlo. El poder tocar, untarse, colorear, crear sonidos, o mover el cuerpo, son herramientas que tiene el vehículo con el que caminamos en el mundo y es con él que podemos descubrir la maravilla de estar vivo.



Y sí, la educación es poderosa, muy poderosa y mágica. Por ello desde los más chiquitos llega el “1,2,3… ¡JAM!” a llenar de juego, arte y mundo dos semanas de vacaciones para niños y niñas entre los 4 y los 12 años. Del 25 de junio al 6 de julio, una experiencia inmersiva hecha desde la convicción pura de poder construir un mejor lugar para habitar.

María Paula Padilla. Directora “1,2,3…¡JAM!”

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